La sierra de Espadán no es tan solo una gran cadena montañosa del territorio valenciano. No es solamente uno de los dedos al final de un gigantesco brazo llamado Sistema Ibérico, la gran mole geológica que recorre la península de norte a sureste a lo largo de 500 km. No es solo un valiosísimo corredor ecológico entre el interior húmedo, agreste y continental y el litoral agrario y subtropical. No es únicamente el segundo parque natural valenciano en extensión, con más de 31.000 hectáreas de superficie, repartido en nada menos que 19 municipios y 3 comarcas castellonenses. Además de todo ello, y lo más importante, la sierra de Espadán es lo que algunos conocemos como la auténtica Selva Mediterránea, una jungla en todos los sentidos que alberga los bosques de alcornoques (Quercus suber) más densos, salvajes y mejor conservados de esta parte del Mediterráneo. ¿Os animáis a explorar su corazón?

Podríamos empezar en Aín, precioso y blanco caserío que, como todos en Espadán, hunde sus raíces en el período musulmán. Si nos dejaran ahí, de repente, sin decirnos dónde estamos, podríamos sin mucho esfuerzo imaginarnos en algún pueblo del interior marroquí. Su nombre, del árabe hispano “fuente”, ya da una idea de lo que encontraremos tanto en su casco urbano de retorcidas calles empedradas y encaladas casas como en el entorno más inmediato: fuentes, acequias, balsas, lavaderos, molinos hidráulicos, acueductos, todos alimentados por incontables manantiales de los que emerge durante todo el año el agua más fresca. Un agua que, además, es ligera y de exquisito sabor gracias a que proviene de rocas areniscas, ácidas, sin los carbonatos que tanto aborrecemos la gente que vivimos en medios calcáreos. Se trata de unas rocas rojas que aquí se conocen como rodenos y que son, sin duda, el origen de todo en esta sierra, y particularmente de la vegetación tan especial que la recubre.

Si subimos por el barranco de la Caritat empezaremos a entender de qué va todo esto: nos transportamos a otro clima, a otra latitud donde la lluvia, en este caso camuflada en forma de nieblas y rocíos, da pie a que la vegetación de ribera se desarrolle feliz: sauces, fresnos, álamos, chopos, adelfas, helechos, musgos, enredaderas y trepadoras de todo tipo compiten por unos pocos rayos de sol con frutales antaño huidos de los huertos.

Dejamos atrás un par de antiguos molinos con sus respectivas balsas en las que encontrar plantas subacuáticas, refugio de culebras y anfibios, y multitud de insectos entre los que las libélulas y los caballitos del diablo destacan sobremanera.

Casi por sorpresa, enfrente, a lo alto en su nido de águila aparecen los restos del castillo de Benialí, torre del Homenaje aún en pie, testigo de las cruentas batallas acaecidas durante las revueltas moriscas del siglo XVI. Ya el propio Antonelli, en aquella época, ponía sobre aviso a los gobernantes locales cuando recorrió esta zona elaborando sus informes militares: advertía que no se veía por estas montañas ni una sola cruz, ni rastro de cristianos. Era un país cien por cien coránico.

Ya sea por el barranco de l’Horteta o por el del Roig, dos joyas botánicas del parque natural, nuestra meta será llegar al collado de Peñablanca, en plena divisoria entre las cuencas de los dos ríos más importantes de las comarcas castellonenses: el Mijares al norte y el Palancia al sur. Desde casi 900 m de altitud divisaremos la sierra Calderona, hermana geológica de Espadán, y muchos de los pueblos del “valle ancho” de las culturas pre-romanas, que rodean la ciudad monumental de Segorbe.

Por el barranco de la Falaguera descenderemos hacia la antigua masía Mosquera, centro neurálgico de la actividad corchera durante un siglo, entre mediados del XIX y del XX. Es este posiblemente el bosque de alcornoques más denso que podemos encontrar en la península Ibérica, un ejemplo perfecto de la convivencia ancestral, sostenida y sostenible del ser humano y la foresta.

Cuando lleguemos a la tortuosa carretera que une Aín y Almedíjar nos quedará, sin duda, lo mejor: el barranco de Almanzor. Decir que el ascenso hacia el collado de Ibola es mágico es decir poquísimo: entre paredes de roca roja y brillante, con tonos ocres y amarillos, los alcornoques, muchos de ellos ya centenarios, casi todos pelados por las manos expertas de los sacadores de corcho locales, se ven acompañados por un densísimo sotobosque de arbustos y arbolillos como brezos, ruscos, arces, durillos, torviscos, rosales silvestres o espinos albares, por decir unos pocos, y helechos, musgos y líquenes cuelgan de las antiguas paredes de piedra seca y tapizan cualquier pedazo de tierra libre de hierbas de todo tipo. Enredaderas como la zarzaparrilla o la madreselva acaban de convertir el ecosistema salvaje que atravesamos en una auténtica selva sin parangón en todo el territorio valenciano. Para encontrar algo similar habría que viajar muy al sur, como poco a los alcornocales malagueños, o más al sur aún, hasta la escasa laurisilva canaria que aún queda en islas como Tenerife o la Gomera.

Como auténticos rebeldes moriscos desde su fortaleza natural de rodeno, desde Ibola apuntaremos hacia el castillo de Benialí para dirigirnos de vuelta a Aín, satisfechos tras haber explorado, una vez más, el corazón de Espadán: la auténtica Selva Mediterránea.

Por Chema Rabasa Edo (www.itinerantur.com)

Guía oficial habilitado núm. 1284.

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